26 mayo 2010

Cuentos de Deuda Pública y Banca Privada

Érase una vez, en un reino democrático bañado por los mares, un banco muy grande, muy grande, muy grande.., muy solvente y sin ningún problema de liquidez.

Como todos los bancos de su especie contaba en su Consejo de Administración con representantes de los grandes partidos políticos del reino así como personas allegadas a su bondadoso Rey.

También, como todos, contaba con unos recursos propios en torno al 10% de sus inversiones totales.

Os preguntaréis, queridos niños, ¿y de donde sacaba el otro 90% para sus inversiones? Os lo contaré:

-Parte de sonrientes campesinos, dedicados artesanos y honrados comerciantes.
-Parte de otros bancos que eran buenos amigos suyos.
-Pero, sobre todo, de un riquísimo abuelo que tenía a orillas del Rhin (sé que es el Main, pero esto es un cuento) en la lejana Germania.

Campesinos, comerciantes, artesanos, bancos y su abuelo percibían una pequeña retribución a cambio de prestarle ese dinero y confiaban en el buen juicio de nuestro banco protagonista a la hora de realizar sus inversiones.

Ah, se me olvidaba contaros que este banco, también tenía un papá que, por orden del abuelo, velaba por que se siguiera este comportamiento prudente pero que, malhadado sea el destino, era muy sensible a los intereses de su hijo y de los políticos del reino.

Eran tiempos felices y nuestro banco se dedicó a crecer y crecer y a invertir e invertir, sobre todo en aquellas cosas que más gustaban a sus consejeros: alojamientos para los habitantes del reino y visitantes de tierras lejanas y dar dinero al reino para que sus pobladores vivieran envueltos en una gozosa alegría.

Pero aconteció que se hicieron tantos alojamientos que ya no había nadie dispuesto a comprarlos, los campesinos y comerciantes que prestaban su dinero al banco dejaron de hacerlo puesto que en los tiempos felices pidieron prestado para comprar y comprar y además se volvieron menos diligentes en su trabajo tan gozosos como se encontraban.

Así pues las inversiones de los bancos y habitantes del reino perdieron valor y una gran tristeza empezó a embargar a la nación; como a los políticos se les encogía el corazón al ver a su pueblo triste, decidieron que había que pedir más dinero a los bancos, entre ellos al protagonista de nuestro cuento.

Nuestro banco contestó que, como su papá le dijo que antes de seguir prestando tenía que poner en valor real sus inversiones de los tiempos felices, no tenía dinero y los políticos le dijeron que no se preocupara puesto que convencerían a su papá para que no lo tuviera que hacer y así ocurrió.

Sucedió, queridos niños, que ya en los tiempos difíciles, nuestro banco duplicó sus préstamos a los políticos en cantidades que superaban con mucho sus recursos propios, y como ya no ahorraban los habitantes del reino y los bancos amigos se encontraban en la misma situación, le volvió a decir a los políticos, éstos seguían pidiendo y pidiendo, que ya no había más dinero, ni para ellos, ni para prestar a campesinos, artesanos y comerciantes.

Entonces, los políticos y buena parte de campesinos y comerciantes empezaron a llamar malvado y especulador a nuestro querido Banco.

El abuelo germano, aunque cabreado con su hijo y nieto, apenado por su familia (es lo que tiene ser abuelo), por los habitantes del reino hermano y por las repercusiones que esta situación podía tener en su propia tierra, decidió darle dinero a su nieto para que lo siguiera prestando a los políticos con la condición de que éstos últimos gastaran menos.

Así, los políticos decidieron que había que gastar menos pero no renunciaron ni a lujos ni prebendas, sino que olvidaron a su bienamado pueblo.

En está situación, la vida de nuestro banco y el bienestar de los habitantes del reino ya sólo dependen del germano abuelo, por que, queridos infantes, el bienestar de los políticos nunca está en peligro.

No sabemos cuando el abuelo va a morir o cuando se le va a acabar el dinero, por lo que tenemos que esperar un poco para el colorín colorado.

Nota: Véase que el bondadoso rey no ha dicho ni pío en el cuento.

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